El rigor en los escenarios de la literatura fantástica

David Bowie interpretando a Jareth, el Rey de los Goblins, en la famosísima película Dentro del Laberinto


Tal y como os expliqué la semana pasada en este post, cuando eres editor y casi todas las semanas lees novelas fantásticas que llegan como propuestas literarias, llegas a darte perfecta cuenta de en cuáles se respeta el rigor y en cuáles no, y esto influirá mucho en su calidad narrativa y, por lo tanto, en tu decisión y opinión al respecto de su publicación.
Pues bien, hoy quiero centrarme en los escenarios. Cualquier novela, del género que sea, tiene por uno de sus pilares básicos al escenario en donde transcurrirá la acción. Este suele variar a lo largo de la novela en función de las escenas, aunque también hay auténticos novelones que transcurren en un único escenario desde que empiezan hasta la palabra fin.
Cuando creamos un mundo fantástico, somos libres de alejarnos de la realidad y de burlar las mismas leyes de la física inventando, por ejemplo, islas flotantes. Pero, ojo, esta libertad se va condicionando y mermando a medida que continuamos el proceso creativo. En el momento en que pongas islas flotantes a tu mundo fantástico, estas deberán ceñirse a ciertas circunstancias que se convertirán en "normas" dentro de tu universo mágico. El lector se preguntará por qué flotan esas islas, y esto es algo que tú, como narrador de tu historia, no estás obligado a aclarar. Es más: puedes permitir que el lector se pregunte acerca de ese hecho y dejarle para siempre con la incógnita. Bastará con una respuesta como "En mi mundo ocurre así", y ya está. Desde entonces, tus lectores recordarán tu mundo de fantasía como ese en el que las islas vuelan.
El probleman surge cuando se rompe la norma. Si el lector descubre que un poco más allá hay otras islas que no flotan, entonces no solo se lo preguntará, sino que lo verá como icongruente, y más vale que puedas darle una explicación ingeniosa basada, por ejemplo, en una leyenda o maldición del pasado.
Los mundos de fantasía o ficción también necesitan unas normas para existir, por descabelladas que parezcan, y aunque las hayas creado tú mismo, debes respetarlas.
Una vez hayas dotado de ciertas peculiaridades mágicas a algunos elementos de tu mundo, puedes diferencias países, regiones, etcétera, que se rijan por diferentes órdenes, como sucede en La Historia Interminable, por ejemplo, donde los escenarios de la acción a lo largo de la aventura son muy diferentes entre sí. Así que prepárate para poner un nombre a cada uno de esos sitios, combina palabras de tu propia lengua (el Lago de Plata, el Mar de Fuego, la Torre Colmillo, etc...) o mezcla sonidos y sílabas que no signifiquen nada para crear un idioma propio de ese lugar. En este sentido, a veces resulta útil curiosear por diccionarios de otras lenguas para alejarte de tu propio lenguaje y que las palabras que formes den realmente esa sensación de no pertenencia a tu mundo.
Tanto si quieres que una escena transcurra en un entorno natural o entre edificaciones, documéntate un poco, pues una palmera en la nieve, por muy fantástico que sea tu mundo, necesitará una  justificación y lo mejor será darla, en cuyo caso puede quedarte fenomenal siempre y cuando logres que no chirríe al lector, que no parezca forzado.
Escoge una circunstancia meteorológica y estudia un poco sobre la flora y la fauna que podría darse con facilidad en el mundo que has inventado. Después, tú mismo podrás incluir variaciones que hagan mágicos a tus animales o árboles, por ejemplo jugando con el color (árboles de tronco púrpura), añadiéndoles atributos (un ciervo con alas de cisne) o incluso con su forma (flores con la corola en forma de cabeza de dragón). Y, sobre todo, cuando hables de estos elementos que tú y solo tú has creado, respeta siempre las características que les diste en un principio. Los descuidos en este sentido darán la sensación de que has inventado todo esto al tuntún.
Si describes una ciudad edificada, afina con los elementos arquitectónicos, aprende por lo menos unos básicos, ya que incluso en un mundo imaginario los edificios necesitan cimientos, independientemente de que estos sean de acero, de hormigón o de escamas de basilisco. Si pretendes recrear una época, documéntate sobre los movimientos arquitectónicos de dicho momento: románico, gótico, barroco... Investiga acerca de qué aspecto tenían los edificios de cada periodo y aplícalo, dará una sensación mucho más madura a tu novela y tus lectores intuirán que eres una persona con formación y buen nivel cultural. Después, puedes divagar y añadir un acabado extravagante a los edificios, incluso colocarles características mágicas, por ejemplo un castillo sostenido con patas de dragón o algún otro animal.
No se trata de que hagas una tesis doctoral antes de escribir un libro, pero teniendo bibliotecas e internet al acceso de todos, no puedes permitirte deslices que den a tu obra la sensación de falta de rigor, pues esto no dirá mucho a tu favor como autor.
Si, por el contrario, creas un mundo futurista que no responde a ninguna de las realidades históricas que conocemos, invéntalo desde cero, pero respeta sus normas una vez las establezcas, que no queden lagunas. Si el cielo es rojo por algún motivo, que sea siempre rojo. Si cambia de color en algún momento dado, justifícalo o haz hincapié en ello de un modo sutil, dando cuenta de que ha sido intencionado por tu parte en lugar de un descuido. 
Ante todo, haz de la magia y la fantasía algo verosímil, perfectamente integrado en el ambiente de tu novela. Y cada vez que vulneres alguna ley física o que plantees una imagen surrealista, da a entender que detrás hay un motivo mágico, aunque no lo expliques de forma explícita, pues a veces también hay que dejar que el lector saque sus propias conclusiones.
Espero que mi artículo de hoy te haya servido tanto si estás en el proceso de escribir una obra de literatura fantástica como si todavía no te has decidido a hacerlo. La semana que viene te hablaré de El rigor histórico en la literatura fantástica. 
¡Hasta entonces!


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